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Ecos

Sin rastro de Dios IV

17 agosto 2006
...esto viene de...

El doctor entró en la habitación con un aspecto relajado. Parece que todo iba bien, Sebastian suspiró aliviado aunque anheló una mirada cómplice con Teresa, que estaba fuera, hablando por el móvil o esperando.

—Enhorabuena, hemos comprobado su sangre y no ha contraído ninguna enfermedad. Parece que el cuchillo estaba limpio —dijo el doctor.

—¿Cómo sabe que fue con un cuchillo?

—El corte es limpio.

—Ah, claro, claro —dijo Sebastián quitándole importancia—. ¿Cuándo me podré ir?

—En cuanto le pongamos un vendaje nuevo podrá irse y volver a su vida normal. Pero recuerde que no debe usar el brazo para nada.

Una vez le hubieron vendado el brazo, Sebastian salió de la habitación rápidamente, como si huyera. Fuera le esperaba Teresa.

—Podemos irnos.

Durante el camino, nuevamente, no hablaron de nada.

Una vez en casa Teresa comenzó a meter sus cosas en la maleta. Él tardó un poco en comprender, pero enseguida vio que pasaba algo.

—¿Qué estas haciendo?—preguntó.

—Sebastian, lo sabes perfectamente, lo estas viendo. No me vengas con preguntas estúpidas. Primero me llevaré lo básico. Otro día vendré a por más cosas.

—¿Por qué? ¿Qué he hecho?

—La cuestión es lo que no has hecho, hasta ahora he llevado bien que cada uno fuese por su lado, tranquilamente, tú me mantienes y yo puedo hacer lo que quiera, a cambio yo te soy fiel y estoy siempre a tu disposición, la mujer perfecta. Pero hoy me he dado cuenta de que no puedo seguir así. No tiene sentido. Además, ¿crees que soy tonta? Seguro que el corte en el brazo te lo ha hecho el novio de alguna de las muchas tías que vas tirándote por ahí.


Sebastian se vio sobrepasado por esto, no supo que decir, ni siquiera se atrevió a negarlo, era inútil.

—Por favor, piensa lo que vas a hacer, ¿adonde vas a ir? ¿De qué vas a vivir?

—De momento iré a casa de mis padres hasta que encuentre un piso que pueda permitirme. En cuanto al trabajo, buscaré cualquier cosa, podría trabajar en una biblioteca o en una tienda de discos o quizá buscarme un trabajo como camarera, aún soy joven. Me las apañaré, no te preocupes.

Ahora Sebastian comprendía que era una situación seria, Teresa quería irse, y lo que era peor, podía irse. No le necesitaba.

—No puedes irte —dijo.

—¿Y por qué no?— preguntó ella.

—Porque yo... te necesito.

—No, Sebastian. Necesitar a una persona quiere decir que por lo menos existe en tu mundo.

—Para mí existes.

—Tanto como existe cualquier compañero tuyo de trabajo.

—No puedes irte sin darme ninguna explicación. Hablemos.

—No hay nada que hablar, la explicación la tienes delante de tus narices, que quieras verla o no es cosa tuya.

—Por favor, Teresa, no te vayas, yo te quiero.

—No sigas por ahí. No me hables de amor. Todo el mundo puede hablar de amor, no es más que una palabra que todos se permiten pronunciar a la primera de cambio. Todo el mundo esta capacitado para hablar de amor y creerse poseedor y dominador de él pero no todos están capacitados para amar.

En ese momento cogió su maleta, ya cerrada, y se fue, dejando a Sebastián sin palabras, susurrando desesperadamente algo. Tal vez un "tequiero" tardío, Teresa no lo escuchó ni tenía interés en hacerlo.



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Gritó Frozen a las 5:03 a. m.

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