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Ecos

Sin rastro de Dios III

03 agosto 2006
...esto viene de...

Teresa cogió enseguida el coche para ir a por su marido. Aunque él sólo le había dicho que fuese a recogerlo, ella estaba segura de que había pasado algo serio. Pocas cosas podían resultar más evidentes, Sebastián nunca se acercaría a un lugar como ese. ¿Por qué le había citado allí? Por un momento paso por su cabeza el pensamiento de que se tratase de alguna trampa, pero eso era imposible, si Sebastián quería tenderle una trampa no necesitaría llevarla a las afueras, además, él no podía tener nada en contra de ella, ¿o tal vez sí? Siempre podía tener una amante, o estar harto de mantenerla. Paró sus pensamientos en seco, no debía desconfiar tan libremente de la persona con la que se había comprometido para toda la vida. Él era su marido, no le haría eso. No obstante, el temor revoloteo en su cabeza durante todo el trayecto.

Cuando llegó, él estaba sólo, impaciente, con un aspecto deplorable. Teresa suspiró de alivio. Ella detuvo el coche a su lado. ¿Estás bien? Él dudó unos segundos y luego se levantó y dijo con la voz más relajada que pudo:

—Estoy bien, no te preocupes por mí, pero por favor, llévame a un hospital.

Ella vio entonces la sangre de su brazo, a pesar de que él la camuflaba como podía.

—¿Qué te ha pasado en el brazo?— preguntó alarmada.

—Nada, nada, me corté en la fiesta con un vaso.

Ella no preguntó más. Sabía que le estaba mintiendo, pero siempre había odiado las escenitas en las que se entrecruzaban la esperanza inquisidora por saber la verdad y la absurda excusa mantenida hasta el final. Odiaba tener que insistir en su preocupación. Si alguna vez le preguntaba si le pasaba algo, si él contestaba que no, no volvía a preguntárselo, aunque fuese evidente que algo le carcomiera. Tuviste tu oportunidad de decirme la verdad, de desahogarte y de patalear, ahora te quedas ahí con tu enfado. Aún así esta era una situación muy distinta, no se trataba de un enfado por alguna tontería, era algo serio. Justamente por eso no insistió, si él prefirió no contarle nada tendría sus motivos. No era un no esperando cierta insistencia, era justo lo contrario. Ella lo respetaba.

No hablaron en todo el trayecto.


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Gritó Frozen a las 4:40 p. m.

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