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Ecos

Sin rastro de Dios II

22 julio 2006
...esto viene de...

Teresa no se preocupó cuando despertó y su marido no se hallaba durmiendo a su lado. Estaba sobradamente acostumbrada a no tenerlo en casa y a que no avisase nunca de su paradero, siempre le salían cosas que hacer y siempre eran más importantes que volver a casa. Él eligió pasar mucho tiempo fuera de casa y ella tuvo que aceptarlo. De todas formas, cuando estaba, su presencia nunca se notaba mucho, acostumbraba a encerrarse en su despacho horas y horas, escribiendo, leyendo, o sencillamente reflexionando, y por las noches solía marcharse a fiestas, compromisos, como él los llamaba. Teresa aprendió a no echarle de menos. Él siempre había sido distante, y ella sabía que sería así cuando se casó con él, no se sentía decepcionada ni frustrada, esto le permitía hacer su vida, independiente y cosmopolita. Muchas veces él le preguntaba preocupado si le molestaba que estuviese tanto tiempo fuera, y antes de esperar una respuesta se disculpaba diciendo que era lo que tenía que hacer, que era una racha que debía pasar, que en otro momento habría menos trabajo y podría estar más con ella. Teresa se preguntó porque los humanos tenemos esa costumbre de hacer preguntas inútiles de las que no esperamos respuestas o tan sólo una es factible cuando sentimos que estamos haciendo algo mal, ¿de verdad que no te molesta que me vaya tres semanas a Río de Janeiro?, es que es una gran oportunidad… pero que si tú me lo pides no voy, no, hijo mío, vete a Río de Janeiro. Es una costumbre estúpida, parece que así nos sentimos mejores, que dejamos una puerta abierta a otras posibilidades, que le damos el criterio y la potestad al otro, cuando en realidad lo único que hacemos es coartarnos semánticamente. Las palabras son hipócritas, permiten la hipocresía, no así las miradas y los gestos, esos nunca mienten. Teresa no se fiaba de las palabras. La verdad y la sinceridad no se pueden nombrar ni escribir, se deben demostrar.

Se levantó y prestó a hacer algo útil. No debía hacer mucho, el sueldo de Sebastián le permitía vivir con tranquilidad sin tener que pensar en dinero, tan sólo se encargaba de que la casa estuviese limpia y de hacerse de comer. Sus únicas obligaciones eran sobrevivir y tener la casa acogedora por si recibían visita. Su vida era cómoda, disponía de mucho tiempo libre, solía leer y escribir, escuchaba música, paseaba, incluso a veces mantenía una columna en Internet, le gustaba la vida relajada y Sebastián le permitía tenerla. A cambio ella le permitía a él tener esa vida atropellada y poco comprometida. Los dos se respetaban. En eso debía de consistir el amor. En respetar al otro, entenderle y aceptarlo tal y como es. Teresa y Sebastián no tenían mucho en común, él era más bien un hombre de la calle, le gustaba el contacto social, el reconocimiento, el protagonismo, ella no, ella disfrutaba viviendo en su propio mundo. Posiblemente se enamoraron el uno del otro porque les producía fascinación esa manera opuesta de ser a la propia.

Sonó el teléfono. Teresa descolgó esperando las explicaciones de su marido. “Sí, dígame”. Al otro lado hubo un pequeño silencio.

—Cariño, gracias a dios. Por favor, tienes que venir a recogerme— dijo al fin.


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Gritó Frozen a las 2:47 a. m.

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