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Ecos

Sin rastro de Dios VI

08 noviembre 2006
...esto viene de...


Suena el teléfono.

No pienso cogerlo, piensa. Nadie va a llamarme aquí.

Sigue sonando.

Finalmente se enchufa el contestador.

-Cariño, soy Sebastian, por favor, cógelo. Sé que estás ahí. Tu madre me dijo que estarías a esta hora en casa. Por favor, deja ya de hacer teatro y vuelve a casa, tu marido te necesita. No sé si recuerdas que tengo el brazo vendado y apenas puedo hacer nada. Te prometo que si vuelves ahora haré como si no ha pasado nada.

Y cuelga.

Un segundo después suena el timbre de casa.

Teresa duda un instante, pero enseguida va a abrir. Mira por la mirilla. Es él. Lo sabía. No pienso abrirle.

-Teresa, sé que estás ahí. Ábreme, hablamos, y vuelves a casa. Deja de hacer el tonto, es la última oportunidad que te doy. No pienso volver a venir hasta aquí.

El cabrón me ha hecho un ataque a dos bandas, pensó Teresa. A pesar de su tono prepotente, ella sabía que Sebastian iba a insistir lo que hiciese falta, ¿o tal vez no? De una manera u otra tendría que hablar con él tarde o temprano ya que su madre quería que ella volviese a casa. "Un partido así no se deja escapar, hija", decía.

Abre la puerta

-Hola Sebastian.

-Hola cariño - contesta él con una mezcla de salvación y satisfacción por una victoria reflejada en su cara.

Entonces Teresa le cierra la puerta en las narices y se va tranquilamente a escuchar música con su MP3.
Gritó Frozen a las 4:09 p. m.

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